30 ene. 2016

Una carta para ella, para ahora




Se sentó frente a la hoja en blanco y se imaginó dentro de diez años. Tendría treinta y un lugar propio. Ropa muy diferente, más elegante. También un novio o un marido quizás, y un trabajo.

Comenzó a escribir una carta para esa extraña que sería cuando tuviera treinta. Releyó la carta y se volvió a imaginar dentro de diez años. Tan diferente, tan lejana, tan perdida. Se encontró encandilada por las luces de la ciudad y los sueños de otro. Se notó distante, un poco irreal.

Tomó otra hoja de papel y escribió otra carta. Para ella, para ahora. Para leerla cuando tuviera treinta y se sintiera perdida, para recordarse quien había sido y quien era realmente.

Cerró la carta y la guardó. Era una carta para ella, para ahora. Pero que leería cuando se hubiera olvidado de quién era la chica que la había escrito.  

24 ene. 2016

Personas que me inspiran




Todo escritor necesita inspiración. La inspiración puede sorprendernos y llegar sin que nosotros la llamemos o que venga porque hemos salido a buscarla. Muchas veces una de las mejores maneras de inspirarse en leyendo a otros. Hoy les dejo a cuatro personas que me inspiran cuando ando un poco falta de ideas. 


Aniko viaja y escribe. Dos de las cosas que más disfruto haciendo. Así que leer su blog es encontrarme conmigo misma en tantos aspectos como también descubrir a una persona fascinante completamente diferente a mí. 


El blog de Meli que de seguro la mayoría ya conozcan va sobre libros. Adoro leer sus reseñas porque es completamente sincera y no tiene problema en contradecir las modas. Pero lo más importante es que con el tiempo se ha convertido en una de las bloggers en quien más confió. Si ella dice que un libro hay que leerlo, es porque hay que leerlo.


Julián es una de las pocos personas que conozco que se ha atrevido a reseñar no solo libros si no también blogs. Se ha tomado la libertad de observar con lupa ciertos blogs y redactar una reseña. Hay que tener valor para hacerlo y también me parece una manera estupenda de valorar el trabajo de otros. Además de esto su blog nos regala unas cuantas reflexiones que nos dejan pensando.  


Carolina Aguirre es guionista de telenovelas. Pero yo no soy de mirar muchas telenovelas. A ella la descubrí por su columna en la revista La Nación. Me encanta leerla porque ella habla de su vida como guionista, sobre lo que significa escribir, lo bueno y lo malo y sobre como tu vida personal se entremezcla con lo que uno escribe. Su estilo es directo y muy sincero. Su columna es perfecta para cuando necesitamos algo que nos devuelva la fe en la escritura. 

 

22 ene. 2016

Never let me go, Kazuo Ishiguro



 
A primera vista, los jovencitos que estudian en el internado de Hailsham son como cualquier grupo de adolescentes. Practican deportes, tienen clases de arte y descubren el sexo, el amor y los juegos del poder. Hailsham es una mezcla de internado victoriano y de colegio para hijos de hippies de los años sesenta donde no dejan de repetirles que son muy especiales, que tienen una misión en el futuro, y se preocupan por su salud. Los jóvenes también saben que son estériles y que nunca tendrán hijos, de la misma manera que no tienen padres. Kathy, Ruth y Tommy fueron pupilos en Hailsham, y también fueron un juvenil triángulo amoroso. Y ahora, Kathy se permite recordar Hailsham y cómo ella y sus amigos descubrieron poco a poco la verdad. Y el lector de esta novela, utopía gótica, irá descubriendo con Kathy que Hailsham es una representación donde los jóvenes actores no saben que sólo son el secreto terrible de la buena salud de una sociedad.


Este libro lo leí prácticamente en su totalidad en el avión de vuelta a buenos aires, mientras casi todos dormían. Al leerlo de un tirón creo que pude obtener una perspectiva distinta del libro que si lo hubiera leído a lo largo de dos semanas. 

La historia contada por Kathy H. es una constante recopilación de recuerdos y viajes a la niñez a través de los cuales Kathy intenta entender un poco su propia historia. Kathy asistió junto a Ruth y Tommy a un internado en Inglaterra en donde los educaron como futuros donantes. Ellos viven una existencia bastante normal dentro de los límites del internado, pero siempre sin tener el total de la información. A medida que crecen les van  explicando cuál es su tarea y como va a ser su destino pero nunca sin decirles abiertamente que no van a tener control alguno sobre su futuro. 

Never let me go nos permite ver como Kathy y sus amigos crecen en un ambiente creado especialmente para ellos y como más tarde salen al mundo, como se las arreglan para vivir independientemente y como de a poco aceptan la cruda verdad de que no son libres, de que su vida no les pertenece.

En mi opinión Never let me go es una novela triste. No trágica como llorar pero triste y sobre todo melancólica porque Kathy se pasa el libro entero recordando sobre su niñez y sobre cómo se complicó luego su relación con Tommy y Ruth, todas sus idas y venidas, como los tres caminaban entre el amor y la amistad. 

Es como dije triste, pero también se convirtió en uno de esos libros que pasan a formar parte de mi lista de libros especiales. Porque el autor logró calar hondo en mí. Es un libro que tiene un gran análisis de todo el proceso de madurez porque el que pasamos y me fue imposible no sentirme identificada.  Me fue imposible no involucrarme en la historia y no enojarme con los personajes, así como quererlos y entenderlos. 

Never let me go es una novela distopica pero no de las que estamos acostumbrados a leer hoy en día. Es una novela que analiza al hombre de una manera muy minuciosa y nos obliga a enfrentarnos un poco con nosotros mismos.

19 ene. 2016

El libro como mecanismo de defensa




Quizás aquellos que no sean tímidos no lo entiendan, pero aquellos que si lo somos no podemos evitar escondernos. Cruzar miradas con extraños en una habitación en donde no conocemos a nadie es a veces una tarea difícil. Es admitir en voz alta que estamos solos y que nos sentimos como unos extranjeros. Es por eso que a veces la lectura puede ser un mecanismo de defensa. 

Nos escondemos detrás de un libro para así no toparnos con ninguna mirada curiosa. Nos escabullimos a otra realidad para poder olvidarnos del lugar en el que nos encontramos. Usamos el libro como un escudo. Si estas sentado solo eres patético, en cambio si estás leyendo eres un intelectual o como mucho un antisocial, pero sabes que al menos nadie te va a molestar. 

Todos decimos que odiamos que nos hablen cuando estamos leyendo y la mayoría de las veces es cierto. Pero también hay veces que deseamos que nos interrumpan, que nos cierren el libro en las narices y nos obliguen a levantar la vista.  Deseamos que alguien de ese primer paso que nosotros nunca tendríamos el valor de dar.

16 ene. 2016

Cualquiera hubiera creido que fue su madre



Son las 3 de la mañana y él avanza por la avenida de palmeras. Lleva una gorra blanca a pesar de que no hay sol y va sin remera. Tiene los brazos y el pecho bronceados, tal vez de trabajar al sol. Llega a un cruce pero no disminuye la velocidad. La calle es suya, la noche se mantiene en silencio, excepto por las explosiones de su moto. Otro cruce y sigue sin desacelerar. En el tercer cruce un fantasma aparece en el medio de la calle. Clava los frenos y las llantas marcan el asfalto como si sangraran.

Frena a un centímetro y el hombre se queda paralizado en el medio de la calle con un cigarrillo en la mano derecha, que le tiembla. Del susto o de otra cosa. Algo que la pasó antes.

-Pelotudo – muerde entre dientes el de la moto. Lo deja pasar y avanza. Un par de cuadras más adelante frena. 

Están todos en el estacionamiento del banco. Dos bicis, tres motos, un auto con las puertas abiertas y la música encendida. Es la canción que está de moda ese verano. Es la canción que se lleva el viento y se cuela por la ventana del segundo piso de la casa que está en frente.  En la quietud de la habitación la música es una intrusa. 

La chica en la cama se revuelve contra la almohada. Molesta con el calor, los mosquitos y hasta con su propia piel. Y también con la música. La música que se lleva el viento y se cuela cada noche.

Por la mañana la despierta otra música que esta vez se cuela por debajo de la puerta. Es la radio de su madre que está en la cocina. Baja corriendo y desayuna y sigue corriendo hasta la parada de colectivo y luego una cuadra más hasta que alguien la ve y le avisa al chofer.

-Frene que hay una chica – grita alguien desde el fondo. 

Ella sube sin aire y se sienta en un asiento vacío. Saca el cuaderno y se pone a resolver los ejercicios que no terminó la noche anterior. Es la única de sus amigas que tiene que hacer el curso de ingreso para la universidad en febrero. 

Llegan a la siguiente parada y sube un chico que se sienta a su lado. La golpea en el codo y le hace hacer un rayón en la hoja. 

-Perdón – dice pero ella no escucha o hace como que no escucha para no distraerse. 

Él se pone los auriculares y se olvida de la chica que tiene a su lado y se pone a pensar en ella. Ella con sus amigas en la playa. Ella bronceada. Ella bronceada y borracha. Ella con otro. Sabe que ella nunca lo engañaría. Pero no puede dejar de imaginárselo. Él le prometió que nunca lo haría y lo hizo. Pero eso fue hace mucho cuando hacía solo unos meses que estaban saliendo. Desde entonces no puede dejar de pensar en ella engañándolo.

-Es el peso de la culpa – le dijo uno de sus amigos. 

Se baja en la terminal y la ve a lo lejos. Esta bronceada y más bonita de lo que la recordaba. El pelo más claro y una valija floreada a su lado tan grande que la hace parecer casi una niña. Está hablando con una de sus amigas, pero igual se acerca. Ella sonríe y se acerca para abrazarlo pero él la detiene con un:

-Tenemos que hablar.

La sonrisa se esfuma y sus amigas dan un paso al costado para dejarles espacio y poder seguir escuchando sin parecer tan obvias. La de pelo oscuro ve a su padre, lo saluda y se vuelve hacía sus amigas:

-Me voy, pero después me cuentan todo.

Se aleja y abraza a su padre que está hablando por teléfono y no cuelga, solo le da un beso en la frente y se dirige hacia la camioneta. Ella sube la valija de color verde lima en el asiento trasero y se sienta adelante. Su padre sigue hablando por teléfono mientras maneja, ahora está enojado y discute por algo. Ella se distrae mirando por la ventana. Las casa de su barrio, la despensa de la esquina y finalmente la casa de su madre. Su padre estaciona y corta. 

-Esta semana te quedas con tu mamá – otro beso en la frente – Nos vemos la semana que viene.

Ella baja y se pregunta si no habrá fingido la llamada para no tener que hablar con ella. Para evitar tener que decirle en la cara que la otra con la que se acaba de casar está embarazada. Porque él no sabe que ella ya sabe. Se lo dijo su madre cuando ella estaba en la playa, por teléfono y con la voz quebrada aunque fingía que no le importaba. 

La camioneta de su padre dobla en la esquina y ella se da vuelta furiosa pero antes ve a un niño que anda en bici por la vereda de en frente. 

Lleva el casco ridículo que de seguro su madre le obligo a usar, piensa ella y entra en la casa. Pero a él no le importa usar ese casco porque lo ha llenado de esos stickers que vienen en los chicles. Se compró una bolsa llena de chicles con sus ahorros y volvió corriendo a casa. Tiró todos los chicles a la basura, porque no le gustan, por supuesto y porque si los tira al pasto no se desintegran, y se quedó con todos los stickers. Ahora los tiene en el casco y vuelve a su casa con el paquete de té de limón que le pidió su abuela.

-Esta tarde vienen mis amigas a jugar al chinchón y yo me quede sin té de limón – se había lamentado su abuela mientras revisaba su caja de té.

Porque todo el mundo creería al verlo que fue su madre quien le obligó a ponerse un casco que él decoró con stickers. Pero no había sido su madre, porque su madre se había ido hacía ya mucho tiempo, antes inclusive de que él aprendiera a andar en bici. 

Tampoco podía haber sido su padre, porque su padre lo visitaba los sábados a la mañana y ese día era jueves. El resto de los días, su padre andaba distraído. Siempre llegaba tarde al trabajo si es que iba y por las noches no podía dormir. Así que salía a caminar con un cigarrillo que se consumía entre sus dedos y la mirada clavada al frente. Casi nunca se cruzaba a nadie. Quien iba a andar a esa era de la noche en la calle. Pero otras veces alguien se cruzaba en su camino y frenaba a solo un centímetro de él y decía por lo bajo algo así como “pelotudo”. Pero él seguía saliendo a caminar porque si se quedaba quieto no podía más que pensar en ella y en el día en que se había ido dejándolo solo. Con un hijo.

Y cualquiera al ver a ese niño creería que fue la madre la que le dio ese ridículo casco porque nadie va pensar que quizás ese niño ya no tiene madre, porque lo ha dejado hace ya varios años. Y nadie creería que vive con su abuela y que ha sido ella quien le ha regalado ese casco por su último cumpleaños.

Nadie creería esa historia.

Pero el problema no es que la gente crea, el problema es que la gente no sabe y entonces la gente asume.

13 ene. 2016

Una viajera poco convencional



 (En la carretera)

Me he dado cuenta de que no me gusta la forma convencional de viajar. No me gustan los hoteles lujosos, ni las ciudades grandes, las cantidades interminables de turistas y las colas para entrar a edificios construidos hace cientos de años. Me parece increíblemente interesante la historia que esconde cada ciudad, cada pueblo, pero no me gusta descubrir esa historia a través de los mismos edificios, los mismos museos, las mismas estatuas. Creo que debe haber otra manera, otro camino. 

Me molesta el turismo puramente comercial, lo encuentro vacío, sin sentido. A veces prefiero ver los rostros de la gente que pasa por la calle  antes que observar una estatua. Creo en el arte en los museos pero a veces el arte también se encuentra fuera de las galerías. 

Me cansa ver negocios repletos de cosas inútiles que son exactamente iguales que a las del negocio de al lado. Todo se repite y hay que bucear mucho para encontrar la excepción a la regla. Pero una vez que la encuentras es como si acabaras de encontrar un tesoro en el fondo del mar. 

Es impresionante ver la torre de Pisa pero también me gusta recorrer pueblos pequeños y ciudades que no tienen nada que las haga conocidas. Solo gente y casas, algún parque y un hombre paseando con su perro. Cuando viajo me gusta descubrir cómo vive la gente, como son sus casas, que comen, que suelen hacer los domingos. También me gusta aprender su idioma, poder al menos manejar un par de frases acartonadas para poder hacerme entender. 

Viajar sirve para encontrarse con uno mismo y descubrir cuál es su verdadera naturaleza. Y en este último viaje descubrí que no me gusta hacer las cosas como todo el resto, que me gusta crear mis propias reglas a medida que avanzo por el mapa.