9 sept. 2017

El anonimato de los cuerpos



Encienden las luces intermitentes que no me dejan ver, hacen que me maree, que el mundo se mueva en cortocircuito. Cierro los ojos porque si no me pierdo. Me quedo donde estoy con los ojos cerrados. Me empujan y mi cuerpo pierde su forma, deja de ser mío, pasa a formar parte de los demás cuerpos. Ya no soy yo, me dejo ir en el vodka con jugo que tomé antes, en la música que no me sé, en las personas que se mueven a mí  alrededor.
Hace calor. Mis brazos tocan brazos. Alguien me toca la espalda, me corro como si me hubieran quemado. Vuelvo a ser consiente de mi cuerpo. Me quiero ir. Me falta el aire y ya me cansé de bailar. Mi cuerpo se mueve de un lado a otro por inercia. Ya no lo controlo. Está en piloto automático. Ya no sonrió. Estoy cansada. No hay nadie que quiera ver y cada vez que me muevo siento miradas sobre mí que no busco.
¿Vamos? Dice una de las chicas. Las sigo a través del tumulto que se mueve y me mueve, que me lleva, estoy a punto de perderme, pero llegamos a la puerta negra. El patovica la abre y veo una franja de luz artificial. Salgo a la noche. Respiro el aire frío de la madrugada. Alzo la vista buscando la luna pero el cielo está cubierto por una capa gruesa de nubes de un naranja grisáceo. Va a llover. Las chicas se empiezan a alejar. Las sigo.
A media mañana cuando estoy durmiendo demasiado lejos de todo eso, se larga a llover pero yo no me entero.


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Ray Bradbury